miércoles 1 de septiembre de 2010

Si te da miedo engordar, te da miedo enamorarte

El cuerpo del ser humano siempre ha estado presente en la historia del mundo. La moda, la salud, el sexo. Cosas que a lo largo de los años van y vienen y que cambian y marcan la perspectiva de la historia.


El cuerpo y su densidad han sido tema desde que vivimos. Tanto en hombres como en mujeres. O muy flac@s, o muy gord@s, o muy guap@s o muy fe@s. La moda es la que marca la tendencia del volumen que tiene que tener un cuerpo atractivo. Hoy, la tendencia es que entre más delgado, más popular. Esto nos ha metido a la cabeza que engordar es malo. Que hay que contar calorías. Incluso, dejando la vanidad a un lado, la obesidad es un tema delicado que cada vez se menciona más afortunadamente, pero que es un tema más delicado que simplemente engordar. No hablo de un tipo de gordura que pone en riesgo la salud. Incluso no hablo de si estar gordo es bueno o malo, atractivo o no. Hablo del tipo de gordura natural. Engordar no es estar gord@. Enamorarte no es estar tonto@.


Para aceptar un cambio en tu cuerpo tienes que tener cierta mentalidad. Es muy diferente cuidarte por salud que por vanidad. Es muy diferente evitar un pastel porque eres diabético a evitar un pastel porque eres modelo. Es muy diferente evitar relacionarte con alguien porque sabes que no te conviene, a evitar relacionarte por miedo a que te lastimen.


Está muy bien cuidarse por salud. Es importante invertir a largo plazo en el cuerpo para que duremos sanos el mayor tiempo posible y así disfrutaemos la vida como se debe. Pero es igual de importante atascarte de chocolates un día porque sí, porque puedes. ¿Tal vez engordas? ¡Sí! Pero lo disfrutaste, pero viviste.

El corazón, creo yo, funciona igual. No te vas a exponer a cualquier cosa que sabes te puede lastimar. La salud mental y emocional son igual de importantes que la física. Pero tampoco vas a vivir con miedo a que si te comes ese pastel, puedes engordar o a que si besas a esa persona te puedes enamorar.

Las calorías vienen y van, las relaciones también.


Alguien que tiene la capacidad para aceptar que hay veces que el cambio en el cuerpo es necesario, que la perfección está impuesta y no debemos de tomarla como estilo de vida, también tiene la capacidad de aceptar que el cambio en el corazón es necesario, que si no funciona una relación, que si nos lastima, es sólo parte de estar vivos y tampoco será un estilo de vida.


Se necesita cierta flexibilidad para disfrutar la vida y no hay como disfrutar la comida sin cargar a la consciencia y no hay como disfrutar el amor sin culpar al alma.

miércoles 25 de agosto de 2010

El Derrame



Imaginemos que podemos borrar nuestro pasado y nuestro futuro. Que en nuestro cerebro sólo vive el presente. El momento en el que estás. Cualquier decisión que tomes la estás tomando porque te hace feliz. Imaginemos que en todo momento somos un ser de energía, todos somos un solo ente. Imaginemos que para tomar una decisión amorosa, no tenemos pasado y no tenemos futuro. Todo dependerá de lo que estamos viviendo en ese momento. Si tenemos a alguien enfrente y nos hacemos estas preguntas: ¿Me gusta? ¿Me hace reír? ¿Me atrae? ¿Me mueve? La respuesta será un simple sí y el acto será quedarte. En ningún momento te pasa por la cabeza que acabas de cortar, que te han lastimado mucho y te da miedo que te vuelvan a lastimar, que no sabes si es una persona con la que te gustaría pasar el resto de tu vida. Nada de eso importa porque sólo eres tu presente, no tu pasado ni tu futuro.


Jill Bolte Taylor, una científica dedicada a estudiar el cerebro, descubrió por vivencia propia a través de un derrame cerebral, que si apagas el lado izquierdo del cerebro (que es el que está destinado al pasado y el futuro, a pensar metódicamente, a categorizar y organizar la información de todo lo que hemos aprendido en el pasado y la proyecta a futuro. Es el lado que nos convierte en un individuo.) Si lo apagas y sólo te quedas con el lado derecho, (el lado que piensa sólo en el presente. Que piensa en imágenes. Que analiza el momento que estás viviendo: cómo huele, cómo sabe, cómo se siente. Que nos hace seres de energía conectados con otros seres de energía, nos hace pensar que justo en el momento en el que estamos somos perfectos, estamos completos.) Nos volvemos paz.


La Dra. Taylor lo plantea en una plática que cada vez que veo no puedo evitar conmoverme de pies a cabeza. Ella lo plantea como la posibilidad que todos tenemos de saber que somos dos cosas, que estamos divididos en dos: el individuo y el ser ligado a todo lo de su alrededor. Somos dos que vivimos en un solo cuerpo. Podemos ser el que queramos, cuando queramos. Ella lo plantea como una fórmula de vida. Y pensé: ¿y en el amor?


Cuando se trata de relaciones siempre estamos cazados y casados por y con nuestro pasado. Siempre estamos preocupados con y por nuestro futuro. "¿Me voy a quedar sol@?" "¿Vale la pena seguir con esta persona si no sé a dónde va la relación?" "¿Y si me vuelven a lastimar?" Saber que tenemos la capacidad de escoger quién vamos a hacer cuando esas preguntas aparezcan, saber que tenemos un lado derecho que nos permite estar en el momento, buscar paz, buscar felicidad, es un arma muy poderosa que debemos usar más seguido.

No necesitamos un derrame cerebral para entender de lo que somos capaces. Para valorar el momento y a quien tenemos enfrente. Sí, necesitamos ambos lados del cerebro, pero también necesitamos hacerle más caso al lado que nos da paz y nos permitirá ser felices más fácilmente.


El video está en este link y tiene opción con subtítulos en español: http://www.ted.com/talks/lang/spa/jill_bolte_taylor_s_powerful_stroke_of_insight.html


martes 17 de agosto de 2010

Empaquetados

Una caja, un blister, un una bolsa, una envoltura. Hay miles de paquetes que guardan miles de cosas. Todas esas cosas vienen perfectamente bien empacadas. Cada pedazo que la conforma está en su lugar, cada pieza en su espacio. Cuando abres un paquete y sacas lo que sea que haya estado guardando, abandona su perfección. En el momento que tratas de meter esa cosa otra vez a su caja, es imposible hacerlo igual que como estaba antes. La tapa ya no cierra igual, el papel en el que estaba envuelto ya está roto y las partes ya no caben en su lugar. Una vez que sacas algo de su caja, volverlo a meter de la misma manera es prácticamente imposible.

El objetivo de sacar algo de su caja es usarlo, para lo único que lo quieres volver a guardar es para que no se lastime, para conservar su perfección o para regalárselo a alguien más tal vez. Si quieres que parezca nuevo, tienes que cambiar la envoltura porque la otra ya no sirve.


Cada persona está envuelta en su propio paquete, hay miles de paquetes y miles de formas y miles de cosas dentro de esos paquetes. Cuando conocemos a alguien y dejamos que nos abran y que nos saquen, empezamos a perder la perfección, empezamos a perder el brillo y el olor a nuevo, y…¡qué bueno! Vivir fuera de la caja, ensuciarnos, gastarnos, es de lo que se trata la vida. El problema es que una vez que la caja está abierta, querer entrar otra vez a ella de la misma manera que salimos, es prácticamente imposible.

Las piezas no embonarán igual porque ya están manipuladas, la tapa no cerrará igual porque ya no cabemos en ese espacio. Somos otros.


Cada experiencia, cada pareja, cada memoria, nos altera y altera la caja en la que venimos. Cada vez que nos lastiman, que nos sentimos inseguros, que nos confundimos, queremos regresar a ese espacio del que venimos, a esa caja en la que estábamos. Guardarnos en nuestro mundo de cuatro paredes y una tapa. La frustración que sentimos al no poder regresar, es la que nos impide mirar hacia delante, nos enfocamos en querer regresar a algo que ya no nos queda.


Una vez que nos asomamos, que nos dejamos sacar, hay que aprovechar que ya estamos afuera. No importa cuánto nos desgastemos, no importa que ya no seamos perfectos. Algo que sólo se puede mirar desde afuera, algo que no se puede sacar de la caja, es algo que no le interesa a nadie.


¿Nos podemos volver a guardar? Sí. Pero no en la misma caja. Siempre crear un paquete nuevo, un paquete cada vez más transparente y más fácil de abrir es lo que nos permite, al final, no querer estar guardad@s.

lunes 9 de agosto de 2010

El Departamento

Era la tercera vez que salían, la química era indudable. La llevó a su casa. "¿Quieres pasar?" le dijo esbozando media sonrisa. "Sí" le dijo con la otra mitad de la sonrisa. La tensión sexual se podía percibir a kilómetros de distancia. Subieron tres pisos hasta la puerta del departamento. Mientras la abría, ella le dio la espalda. Él se acercó a olerle el cuello. No pudo seguir girando la llave para abrir la puerta de lo rápido que reaccionó su piel. Cerró los ojos. Siguió abriendo. Cuando abrió la puerta ella dijo "Pásale, bienvenido a mi…" La paró en seco con un beso, el beso perfecto: apasionado, no muy lento, no muy rápido, no muy atascado. Ese tipo de besos que sabes que te va a llevar al mejor orgasmo.

Caminaron hacia el sillón mientras se seguían besando. Ella lo hacía de espaldas, él la guiaba caminando hacia el frente. La acostó lentamente sin dejar de besarla. Ella empezó a acercar su pelvis hacia él. Él le seguía el movimiento. El baile perfecto.

Las manos de un hombre que se saben mover en el cuerpo de una mujer son como pinceles en un lienzo.

La besó en el cuello, bajó lentamente, le quitó la camisa, pasaba la boca por el brassier negro que mas que estorbarle, lo prendía. Llegó hasta el botón de los jeans. Los abrió lentamente y se los quitó con cuidado experto. Su tanga combinaba perfecto con su brassier. Pequeña, invisible. Ella se quitó la tanga. Él, con la boca sumergida en su sexo, la llevo a seguir moviendo la pelvis, dejándose llevar por el placer que sentía. La tocó, metió dos dedos en lo más profundo. Ella gemía.

Se levantó para arrancarle la camisa al hombre que imaginaba ya dentro de ella. Le arrancó la camisa con desesperación mientras él se desabrochaba los pantalones. Ahora ya, los dos desnudos. El se sentó en el sillón. Ella con un movimiento que descubría su ritmo y flexibilidad, se sentó arriba de él, viéndolo de frente, abrazándolo con las piernas.

Después ese momento, el momento en el que por primera vez él entra en ella y ella suspira y se deja penetrar. Un leve gemido. Le pone los brazos alrededor del cuello. Lo besa. Le agarra la cara. Se mueve. Mueve la pelvis al ritmo de la música que están oyendo. Él le pasa las manos por la espalda, la acaricia, la besa. Agarra sus senos, los muerde.

Sus olores, su sudor, todo se combina en constante perfección.

Él la abraza de la cintura y sin salirse de su cuerpo, la carga y la acuesta en el sillón. La sigue besando. Ella le pasa las manos entre el pelo, le agarra la cara. Él, moviéndose cada vez más rápido, cada vez más profundo, la sigue penetrando. Ella echa la cabeza hacia atrás, abre la boca queriendo gritar de placer.

La vuelve a cargar, están parados uno frente al otro. La recarga contra la pared. Ella sube una pierna hasta llegarle a la cintura, él le agarra la pierna mientras la penetra. Se mueven, juntos, perfecto. Se besan. Élla lo empuja otra vez al sillón. Le besa el pecho y va bajando, le besa el sexo, lo lame y vuelve a subir. Él le agarra la cara y la vuelve a acostar lentamente en el sillón. Se mete en ella, gimen.

Ella empieza a sentir el cuerpo caliente. Se sonroja. Le acerca la boca al oído, "Me voy a venir", él no para de moverse, empieza a respirar más fuerte. Ella se empieza a venir, grita, él también se viene. Perfecta sincronía. La besa. Lo besa. Sudan, respiran. Se abrazan.


La imaginación se ha perdido con la existencia de la pornografía inmediata. La pornografía está tan a la mano, que ya aburre. Ayuda, sí, pero aburre. Su objetivo es el orgasmo rápido, quitarse la necesidad física de eyacular. La mente necesita regresar al estímulo del erotismo literario. Si la mente vuela, con ella vuela el cuerpo. El erotismo es un arte perdido entre imágenes vulgares. La pornografía no va a desaparecer, y el objetivo no es que eso pase. El objetivo es estimular la mente de muchas maneras y rescatar la capacidad que tiene para prenderse con palabras y no con imágenes ajenas.



martes 3 de agosto de 2010

GOTCHA


Máscaras puestas, balas cargadas, cada equipo cubierto y esperando la cuenta de tres para correr y disparar. Esto es lo más cercano que he estado a algún campo de batalla que asemeje la guerra. Creo que todos estamos familiarizados con el Gotcha o Paintball como se dice en inglés. Aunque no lo hayamos jugado sabemos de qué se trata. Hay pistolas, hay balas, hay enemigos, hay un objetivo y hay un campo. Aunque las balas son de plástico y están rellenas de pintura, un balzo de esos duele como por una semana y más si no tienes mucha protección o tu asesino tuvo el tino de darte justo donde no estabas cubierto.


La sensación de estar ahí dentro, en ese campo, escuchando balazos por todos lados y gritos de víctimas, es estresante pero divertido. Siempre que lo he vivido no he podido evitar pensar en cómo sería una guerra de verdad, lo horrible que debe ser y lo mucho que espero nunca en mi vida tener que estar en esa situación. Dejando eso a un lado, me enfocaré en el juego.

Los campos de batalla son todos distintos. Las pistolas y las balas de todos tamaños y colores. Los equipos varían siempre, sólo esperas que te toquen compañeros que no se equivoquen y te disparen a ti. Estás confundid@ la mitad del tiempo, no estás segur@ de hacia donde van tus balas, todo es caos. Increíble caos. (¿Va sonando familiar?)


El juego tiene varias reglas, sobre todo de seguridad: mantener el seguro de la pistola puesto si no estás dentro del campo, nunca entrar sin casco, etc, etc. El objetivo más común es aniquilar al enemigo antes que él a ti. Ya con todo esto sabido hay algo que es básico en este juego. Si no sales a disparar, es muy aburrido. Si no te arriesgas, no juegas y si no juegas, no sabes si puedes ganar. ¿Todos escondidos? ¿A quién le interesa eso? Para poder jugar, alguien se tiene que descubrir primero. Alguien tiene que asomar el pecho. ¿Te arriesgas? Sí. ¿Te puede doler? Por supuesto. Pero esa adrenalina (que no les gusta a todos), esa sensación de peligro, de poder y de estar viv@, no te la quita nadie.


Si en la vida, si en el amor, no asomamos el pecho, nos mantenemos escondidos. ¿Para qué vivimos? Las balas rozaran, los gritos se escucharán, el miedo estará latente, pero…estaremos vivos. No siempre pierdes, no siempre te disparan a matar, no siempre matas. Sí, quedarás manchad@, quedarás marcad@, quedarás con raspones, tierra, sudor y tod@ adolorid@, pero al final jugaste. Al final asomaste el pecho. Quien se queda escondid@, sólo escucha los gritos y las balas e imagina lo peor, se lo imagina peor de lo que realmente es. Esconderte, te lleva a la parálisis y eso te lleva a la mediocridad, a lo gris.

Cuando es un juego justo, cuando todos tienen las mismas cantidad de balas y pistolas, entonces todo se vale menos esconderse.

Quien se quiera esconder, mejor que no entre al campo de batalla. Y quien quiera jugar, que lo haga sólo ahí dentro y siempre con casco.


jueves 29 de julio de 2010

Un oso morado

De pequeños todos aprendimos a colorear con dibujos predeterminados (árboles, osos, letras, delfines). Nos ponían una imagen muy bien delineado para saber cuáles eran los límites de cada parte del dibujo. El objetivo era no salir de esos límites, no pasar la raya. Algunos dibujos venían con números para también aprender qué color iba en qué parte del dibujo y así saber que un oso tiene cuerpo café y el interior de las orejas rosa, el mar siempre era azul y un árbol verde. Para aprender a colorear había que imitar la realidad. El mejor dibujante era el que menos se salía de la raya, el que más copiaba. Cuando a nuestros padres, tíos, hermanos o guardianes, les estorbábamos o nos querían distraer, nos ponían enfrente una hoja y unos colores: "dibuja un…carrito" decían, si es que la hoja no tenía ya un dibujo predeterminado. Funcionaba perfecto.

Crecimos poniéndole colores a las hojas que trataban de imitar las imágenes de la realidad.


Conforme la edad avanza, los dibujos desaparecen y los colores empiezan a cobrar otro sentido, queremos colorear otras cosas que ya no viven en las hojas. Queremos colorear las emociones, las memorias, la vida. El problema es que estamos encasillados en las mismas líneas que vimos cuando crecimos. No nos queremos salir de la raya. Nos enseñaron a encerrarnos en una imagen y a tenerle miedo a que un color se saliera de ella. ¿De ahí vienen los prejuicios? Al final son límites impuestos por la sociedad o por uno mismo.

No sorprende entonces que al pensar en una relación no queramos pintar fuera de las líneas, que salirnos de lo ya establecido cueste tanto trabajo.

No sorprende entonces que al pensar en sexo, si no hay una sección numerada no sabemos qué color ponerle.

No sorprende entonces que nos cueste tanto trabajo acetpar cuando algo que tenía que tener un color tenga otro.

En la vida de alguien que ya no es un niño, imitar la realidad ya no es opción, el chiste es transformarla. ¿Copiar? ¿Para qué? Nadie nos pondrá una estrellita en la frente. Los aplausos tienen que venir de la felicidad que se provoca uno mismo.


La buena noticia es que, las líneas están impuestas pero todos tenemos a la mano un borrador. Dibujemos los osos morados y los árboles azules. Si alguien se sale de la raya, no hay que juzgarlo, hay que admirarlo. Sabe más de colores la persona que los sabe mezclar que la persona que los sabe encasillar.



lunes 26 de julio de 2010

Escenarios


Cuando a un actor le dan un personaje para interpretar, se tiene que preguntar dos cosas acerca del personaje: ¿De dónde viene? y ¿A dónde va? Estas dos preguntas detonan otras tantas: ¿Qué ha vivido? ¿Qué está sintiendo? ¿Quién es? ¿Por qué? ¿Cómo? En fin. Tantas y tantas cosas para conocer de algo que por el momento es desconocido y que va a empezar a ser parte de su ser.

Cuando un actor entra al escenario, entra a relacionarse. A recibir estímulos de los otros personajes que se va a encontrar ahí arriba. A reaccionar, a cumplir un objetivo, a crear una ficción, a crear historia. El actor ya no es él, ya es la mezcla entre él y la persona que le tocó introducir a su psique. Ya lo conoce, ya lo vive, ya lo palpa. Es un trabajo duro el conocer a un ser con un pasado, con un presente y con una historia que se irá acoplando a tu propia historia.

Me pregunto entonces ¿se puede comparar el trabajo de un actor con el trabajo de una pareja?¿Cada pareja es un escenario?

Cuando dos personas se conocen se tienen que preguntar ¿De dónde viene la otra persona? ¿A dónde quiere ir? ¿Cuál será su pasado? ¿Cuál es su presente? Tiene que empezar a conocer sus estados de ánimo. Su esencia. Para relacionarse como lo hace un actor con su personaje, como lo hace un actor con los demás personajes, hay que conocerse. Hacer las preguntas correctas. Aprenderse un diálogo. Improvisar. Resolver problemas. Un actor arriba de un escenario está para resolver problemas. Una pareja arriba de su escenario (o sea su relación) está para lo mismo.

Si un actor no escucha, no puede resolver. Nada de lo que haga tendrá lógica. Si una pareja no escucha, tampoco podrá avanzar. Nadie entenderá el raro leguaje que se empezará a hablar en esa relación. Nadie le entenderá a la obra.

Un escenario está para que se monte una historia. Está para entretener, cuestionar, para llevárselo a la memoria y si se es sensible, al corazón.
Lo mismo las relaciones.

Al final todos al formar una pareja formamos un nuevo escenario. Lo que se hable ahí tendrá que tener lógica para que, por lo menos los actores, entiendan la obra.

La única diferencia entre el escenario de un actor y el de una pareja es que el escenario de la pareja debe estar libre de ficción.